Escribe: Milver Ávalos – escritor y cronista
—Por la putamare, me voy a morir, cholo.
El joven policía arranca violentamente el tapabocas blanco. A pesar de la ferocidad las tiras no se rompen, solamente, doblan los oídos para montar por encima. Su paso fugaz deja sus oídos encendidos, rojos. Es chatito para las fuerzas del orden. Ser chatito en la policía es rozar el 1.67. Viste gorra de tela color verde azulino y el uniforme del mismo color. Se sienta en su cama tibia y tendidita. Sus ojos se posan en la cámara que nos permite estar conectados en tiempos de emergencia.
—¿Por qué dices eso? —inquiero.
—Tengo el coronavirus, cholo.
No puede escribir su nombre y no porque el policía tenga miedo ser separado de la institución; sino porque está penado publicar su identidad de un paciente Covid-19.
—Hoy me han tratado peor que a perro.
Indignado. Impotente. Narra que llegó al policlínico de la Policía Nacional del Perú de Trujillo a la una de la tarde para que se le realice las pruebas rápidas de descarte. En los módulos se topó con Janet Celis Becerra, una burócrata que no regala ni medio segundo de su tiempo. “El horario de atención ya finalizó. Tienes que sacar cita para mañana cinco de marzo”, recomendó.
Él no podía dejar que esas frías palabras le rueden por la piel. “Pa’ su diablo, como me va a decir que en plena emergencia existen horarios rígidos. No sea mala, pe. Creo que usted no entiende la magnitud de la situación, le vuelvo a repetir, tengo fuertes síntomas de coronavirus. Por ese motivo, no puedo esperar veinticuatro horas más, porque puedo contagiar a más personas”, opinó.
Ante la fuerte insistencia, la doctora lanzó la respuesta demoledora, la que le evita enredarse en líos: “Las pruebas rápidas se han terminado. Mi equipo y yo nos retiramos a las tres en punto. Así que permita continuar mis actividades”.
Él podía volver a casa con la incertidumbre: “Mi cuerpo tendrá el virus que tiene una obsesión de exterminar a la humanidad”. Decidió a esperar al siguiente turno. En las dos horas que faltaba para el relevo de los médicos, conoció a más colegas que habían sido tratados con el mismo tono indolente, unieron voces para renegar de Janet. Mencionaron el sexo de su mamacita, aunque no tenga la culpa de nada. Fueron tantas puteadas que de esa conversación de un metro de distancia se podría preparar un caldo de insultos.
Llegó el nuevo turno comandando por Shirley Castañeda Sánchez. Se acercaron a pedir la prueba rápida. “Rápida” fue la postura negativa de la doctora. Solamente, les otorgó un papel tipo recetario que decía, aislamiento social por dos días. Y mató todo reclamo con su firma, sello y la mano extendida. Los cuatro efectivos se marcharon con la única alternativa: esperar que muera el día lunes. Eso sí, atravesaron la puerta del nosocomio con el hígado intoxicado de tanta cólera.
Ahora que sabe que el virus verdoso atravesó su nariz y su boca sin resistencia alguna y llegó invadir todo su organismo. Ha perdido la confianza en la vida.
Antes de avanzar me quiero detener aclarar la nula resistencia: en sus inicios del virus, cuando los trujillanos no acataban las órdenes y se capturaba a más de mil personas por día. El joven policía salía a patrullar la ciudad con mascarilla de tela que su esposa fabricó ante la ausencia del apoyo del comando. Al terminar la jornada, siempre le pedía:
—Hazme más cubrebocas de tela gruesita, negrita. Cosa que así no pasa el virus —le decía.
—Eso es mentira, amor. Científicamente está comprobado que un tapaboca de un pedazo de polo no sirve para un carajo —le increpó—. Deben reclamar que les den guantes, mascarillas y alcohol.
—Si le reclamamos a nuestro jefe, negrita —respondía de la ducha—. Pero siempre nos dice lo mismo: “Ya voy a solicitar al jefe de región. Parece que le tiene miedo al general.
—Sus jefes son locos, ¿no? Piensan que ese equipo de protección que les han dado una vez va aguantar toda la cuarentena. ¿No hay un documento donde tengan una partida de dinero para ustedes?
—Hay varios documentos, pero solo hablan de portar el uniforme apropiado más no dice que se nos dé urgente los equipos de protección.
—¿Viejito, no te da envidia ver cómo los cachacos andan bien protegidos?
—Sí, pero que voy hacer. Nuestros jefes no se preocupan por nosotros. Aunque así ha sido toda la vida. La policía es al último. Incluso, cuando el personal del ejército viaja a alguna comisión les dan sus viáticos por adelantado y a nosotros después de un mes y todavía exigen documentación de gastos —acotó—. Pero vos no debes de preocuparte, el coronavirus no me dará, porque con mis compañeros de trabajo hemos hecho un pacto de caballeros: “Desinfectarnos bien y al síntoma más leve ir al médico”.
Y ese pacto lo rompió la lentitud e inoperancia médica. También lo trataron de manera fría y brusca a su compañero que le contagió el virus. Quien de manera voluntaria se aisló siete días por tener problemas respiratorios. El tres de mayo pasó la prueba rápida y su resultado salió positivo. “El colega ya tenía los síntomas desde el veintiséis de abril, saca tu cuenta cuanto tiempo han demorado en atenderlo”, dice.
Yo le aconsejo que de hoy en adelante bote el reloj enchapado que carga en la muñeca. ¿Mi reloj?, dice. Sí, le respondo, porque el tic, tac de las manecillas pisotea tu cerebro y solo te siembra pensamientos negativos: “Voy a morir”. “No saldré de esta”. “El virus es más fuerte que yo”. No debes dejar que el tiempo y los días desaten una muda desesperación.
—Me voy a morir —vuelve a decir.
Me quedo callado e intento comprender su negatividad. Debe ser jodido, pienso. “No desespere, jefe”, lo invito a la calma.
“Cómo no me voy a desesperar, huevón de mierda”, arremete.
Se olvidó del abismo de años que hay entre los dos y me alza la voz. Yo lo disculpo por el calificativo agresivo. Como lo diría Alejandro Almazán, la amistad lo aguanta todos los regaños e insultos, menos las mentadas de madre. “Mira mis colegas como se contagian, no hace mucho me han mandado un documento de la comisaría de Retamas, donde informan que hay seis policías contagiados, cinco se encuentran en aislamiento domiciliario y un colega está internado en una clínica. En esa comisaría ya se dispuso catorce días de cuarentena obligatoria, han cerrado la atención al público para evitar la propagación del virus. Esto es solo el comienzo, cholo”, dice.
—Dios nos agarre confesados —le digo y le muestro un video donde se aprecia la curva altísima del Covid-19 y cuatro policías se prenden apretando la mandíbula de la curva y pretenden tirarlo abajo, a la tierra. “Los ponemos en el piso”, dice el eslogan.
—Esas son huevadas, cholo. Mucho lo vamos a lograr con esa gente de mierda que sigue saliendo a la calle.
Y tiene razón. Mejor voy a dormir, dice. Fue una manera culta de mandarme rodar por enseñarle el video bien trabajado por el área de Imagen policial.
Foto: Andina
